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Hambre de río limpio

Por: Álvaro Jiménez Guzmán

Una ciudad que se precia de moderna y civilizada se mide por el rasero de los ríos. Han sido compañeros de viaje de todos los tiempos. En sus orillas floreció la poesía, es decir, la belleza de los sueños. Los ríos son las venas de la tierra, de la piel del planeta, y así se han abierto paso para dejar que corra la imaginación, para tejer la telaraña de culturas y civilizaciones.

Antecedentes de un reto

El río como patrimonio cultural: tal fue el reto que nos planteamos en 2011. El director del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo nos invitó a bañar las palabras en el río. El reto era grande. Debíamos meternos en ese cauce para “cantarle y contar historias de su vado”. Cada uno de nosotros le dio el enfoque para abordar la barca que se pasearía por el río Aburrá durante varios años, en el entendido de que también es un patrimonio natural de la nación por rescatar. Entonces la realidad y la ficción se zambulleron en su atropellada corriente para contar su historia y soñarla.

 

La realidad que impacta

Era necesario hablar de su origen. Antes de Los dolores del río, con cuya crónica describimos su auge, caída y posibilidades de salvación, recordamos que nació en el Sur del Valle de Aburrá, de una bifurcación de la Cordillera Central, con la inocencia de un ser que debía de recorrer un mundo sano. En su remota infancia y primera juventud, en los cien kilómetros de su extensión hacia el Norte, era limpio, aguas copiosas, con las cuales los indios aburráes regaban las cosechas en épocas de sequía, sus prodigiosas riberas favorecían la cacería, domesticaban curíes y perros mudos, disfrutaban de varios climas y de terrazas aluviales. Transportaban en canoas los excedentes agrícolas para intercambiarlos con otros pueblos del Valle de Aburrá.

Al desmantelar el territorio indígena, los españoles fundaron una población en este valle, y denominaron el río con el nombre de Aburrá. Desde entonces, al amparo y en la orientación de su corriente la frontera urbana no ha dejado de crecer. Han pasado cuatro siglos de aquel villorrio español, y en todo ese tiempo el río ha sido testigo de la transformación urbana.

Y en su paso por la zona industrial, al río se le han vaciado toda clase de materiales contaminantes procedentes de complejas factorías industriales: fenoles, cianuro, mercurio, detergentes, colorantes, plomo y desechos de cañerías por venas putrefactas y malolientes, y cadáveres humanos. Está vivo y sano de la cabeza al cuello, pero el resto del cuerpo está enfermo. Las ciudades no solo invadieron sus laderas, sino que se expandieron por todos los recovecos del valle. Las basuras atascan sus quebradas.

El río sufrió la rectificación de su cauce para que las edificaciones urbanas imperaran en sus dominios y los trenes vociferaran en su rostro el advenimiento de la gran industria. Como dijo Tomás Carrasquilla: “Has perdido tus movimientos, como el montañero que se mete en horma, con zapatos, cuello tieso y corbatín trincante”. (El río. Crónica de Tomás Carrasquilla. Obras completas).

Luis Hernán Rincón, poeta y miembro del Grupo, lo describió como “el espinazo del Valle”. Y desde su “atalaya óptima” se zambulle dentro de sí para revelar lo que lleva del río. No solo su enfermedad sino, en especial, su canalización. Luego señala que la presión por apropiarse de tierras para el desarrollo condujo a la canalización del río, y afirmar en definitiva que “la canalización del río Aburrá seguirá sirviendo para colectar y botar lejos de la ciudad lo que en ella arrojemos al río”. (Río Aburrá: el espinazo del Valle. Luis Hernán Rincón. La palabra se baña en el río).

Las consecuencias más recientes pudimos apreciarlas cuando fue suspendido el servicio de transporte del Metro desde Envigado hasta La Estrella, pues al ser canalizado adquirió mayor energía, velocidad y capacidad de arrastre y profundidad, socavando sus orillas. No pasaba así, cuando conservaba su arborización y vegetación natural.

 

Grandes desafíos

En el 2001, cerca del lugar de su nacimiento, se erigió una especie de clínica de conservación: El Refugio de Vida Silvestre y Parque Ecológico Recreativo, en el Alto de San Miguel, vereda La Clara. Así lo declaró el Concejo del Municipio de Caldas para proteger los recursos naturales de este ecosistema estratégico del Valle de Aburrá. Hoy, el municipio de Medellín es propietario de 814 hectáreas de esta riqueza biológica, que constituye el 60% del área natural protegida. Y a través de la Secretaría del Medio Ambiente, se desarrollan actividades de educación ambiental para la conservación, protección y mantenimiento de dicho refugio, para evitar se muera el río Aburrá en su propia cuna.

Empresas Públicas de Medellín han erigido una segunda clínica para la regeneración del río que ya no tiene oxígeno para los organismos vivos: la Planta de San Fernando, ubicada en una zona de 14 hectáreas del municipio de Itagüí. Hace parte de la primera etapa del plan de saneamiento del río. La segunda etapa la constituye la Planta de Tratamiento de aguas residuales de Bello, en proceso de construcción. Su objetivo específico: que el caudal del agua sucia que entra por las tuberías afluentes salga limpia de acuerdo con los requerimientos mínimos de nuestra legislación ambiental.

Como efecto socioambiental ya empiezan a desaparecer, en el Sur del Valle, los malos olores del río. Pero desde Bello hasta Barbosa, el vaho maloliente sigue intacto. Se espera que desaparezca cuando la Planta de Bello entre en operación. Ojalá no esté lejano el día en que hagamos una fiesta como la que hicieron en Londres, en 1978, cuando volvieron a pescar en el río Támesis.

 

Sueños en torno al Aburrá

Soñar el río se impuso como una necesidad. Aún bajo la oscuridad de su cauce, los aprendices de escritores crearon universos literarios que lo reivindican como parte de sus historias. Este proyecto cultural del Grupo Literario le mereció el premio, en cuatro versiones, el Programa Vigías del Patrimonio de la Secretaria de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín Sumergirse en su misterio, hizo que nuestro director Ángel Galeano Higua, expresara en el prólogo de Cuando el río suena: “Ser río. Fluir todo el día, toda la noche, como el universo mismo. Alargarse, enroscarse, zigzaguear, ser angosto, pero también ancho… Ser río. Fluir dentro y fluir fuera. Oxigenar los meandros de la vida. Fluir y huir de la brutalidad humana que arroja tantas porquerías industriales y miserias consuetudinarias. Ser río. Actuar como río. Explorar el gran misterio de deslizarse dentro de sí mismo como corriente libérrima”.

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